TERMINÓ EL CONTEO EN PERÚ: KEIKO FUJIMORI Y ROBERTO SÁNCHEZ DISPUTARÁN UN BALOTAJE QUE VUELVE A DIVIDIR AL PAÍS
16 mayo, 2026La Oficina Nacional de Procesos Electorales confirmó los resultados definitivos de la primera vuelta presidencial en Perú y oficializó que Keiko Fujimori y Roberto Sánchez competirán en el balotaje. El escenario reabre una fuerte polarización política en un país atravesado por años de crisis institucional, protestas sociales, presidentes destituidos y una creciente desconfianza ciudadana hacia la dirigencia. Mientras el fujimorismo busca regresar al poder después de más de tres décadas, sectores progresistas y populares se alinean detrás de la candidatura de Sánchez, quien promete reformas profundas y cuestiona el modelo económico peruano.
Perú vuelve a quedar partido en dos. Luego de varios días de escrutinio y una elección marcada por la fragmentación política, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) confirmó que Keiko Fujimori y Roberto Sánchez serán los candidatos que competirán en el balotaje presidencial previsto para junio. Con el conteo finalizado, ambos dirigentes lograron imponerse sobre una larga lista de postulantes en unos comicios atravesados por la incertidumbre, el malestar social y el desgaste de un sistema político que lleva años sumido en crisis.
Keiko Fujimori, líder de Fuerza Popular e hija del ex presidente Alberto Fujimori, volvió a posicionarse como una de las figuras más fuertes de la política peruana y buscará llegar por cuarta vez a la presidencia luego de haber perdido los balotajes de 2011, 2016 y 2021. Del otro lado estará Roberto Sánchez, referente progresista y ex ministro durante el gobierno de Pedro Castillo, quien logró capitalizar el voto de sectores populares, sindicatos, organizaciones campesinas y movimientos críticos del establishment limeño.
La elección reaviva una grieta histórica en Perú entre el fujimorismo y los sectores que responsabilizan al legado de Alberto Fujimori por buena parte de la crisis institucional, la corrupción y las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la década de 1990. Pero también refleja algo más profundo: el agotamiento de un sistema político incapaz de encontrar estabilidad desde hace más de una década.
El proceso electoral se desarrolló en un clima extremadamente tenso. Perú llega a esta elección luego de años de convulsión institucional que incluyeron presidentes destituidos, encarcelados o investigados por corrupción, protestas masivas y enfrentamientos entre el Congreso y el Poder Ejecutivo. Desde 2018, el país tuvo una sucesión vertiginosa de mandatarios: Martín Vizcarra fue destituido, Manuel Merino debió renunciar tras enormes movilizaciones, Pedro Castillo terminó detenido luego de intentar disolver el Congreso y Dina Boluarte enfrentó protestas que dejaron decenas de muertos.
En ese contexto, el avance de Keiko Fujimori representa para muchos sectores conservadores la posibilidad de recuperar estabilidad económica y política. Durante la campaña, la dirigente centró su discurso en la seguridad, el orden institucional y la defensa del modelo económico de libre mercado que Perú sostiene desde los años noventa. También prometió endurecer políticas contra el crimen organizado y atraer inversiones extranjeras en un contexto regional complejo.
Sin embargo, su candidatura continúa generando un fuerte rechazo en amplios sectores de la sociedad peruana. Keiko arrastra investigaciones judiciales por presunto lavado de dinero y financiamiento ilegal de campañas electorales vinculadas al caso Odebrecht, además del peso simbólico del apellido Fujimori, asociado tanto al crecimiento económico como a graves denuncias de autoritarismo y corrupción.
Roberto Sánchez, en cambio, aparece como una figura vinculada al espacio popular y progresista que emergió con fuerza en las elecciones de Pedro Castillo. Aunque con un perfil menos confrontativo que el ex mandatario, el dirigente plantea revisar aspectos centrales del modelo económico peruano y propone un mayor rol del Estado en áreas estratégicas como salud, educación y recursos naturales.
Durante la campaña, Sánchez hizo eje en la desigualdad social, el abandono de las regiones del interior y la necesidad de “refundar” parte del sistema político peruano. También criticó duramente a los grandes grupos económicos y cuestionó el centralismo de Lima, una demanda histórica de las provincias y comunidades rurales.
El resultado de la primera vuelta mostró además una enorme fragmentación política. Ningún candidato logró acercarse siquiera a una mayoría sólida y la diferencia entre varios postulantes fue mínima durante buena parte del conteo. Esto obligará a ambos espacios a negociar alianzas de cara al balotaje, en un escenario donde los votos de los sectores moderados y de centro podrían resultar decisivos.
Analistas políticos peruanos advierten que la campaña de segunda vuelta probablemente sea una de las más polarizadas de los últimos años. De un lado, el fujimorismo intentará instalar la idea de estabilidad, experiencia y control frente al temor a nuevas crisis institucionales. Del otro, Sánchez buscará consolidar un frente anti-fujimorista apelando al recuerdo de las protestas sociales, la desigualdad y el rechazo histórico que aún genera el legado de Alberto Fujimori.
La situación económica también será un tema central en la disputa. Aunque Perú mantuvo durante años uno de los crecimientos más sólidos de América Latina, en los últimos tiempos comenzó a mostrar signos de desaceleración, caída de inversiones y aumento de la conflictividad social. A eso se suma el crecimiento del narcotráfico, la minería ilegal y la inseguridad urbana, problemas que ocupan cada vez más espacio en la agenda pública.
En paralelo, organismos internacionales y observadores regionales siguen de cerca el proceso electoral peruano debido a la fragilidad institucional que atraviesa el país. La comunidad internacional teme que una nueva etapa de confrontación política profundice aún más la crisis democrática.
La elección presidencial peruana se convirtió así en mucho más que una simple competencia electoral: representa una disputa sobre el rumbo político, económico y social del país para los próximos años. Mientras Keiko Fujimori intenta concretar finalmente su llegada al poder tras tres derrotas consecutivas, Roberto Sánchez busca canalizar el descontento social y construir una alternativa progresista en medio de un escenario extremadamente volátil.
Con el balotaje ya confirmado, Perú ingresa nuevamente en semanas decisivas. El país deberá elegir entre dos proyectos profundamente distintos, en una votación que promete mantener en vilo no solo a la política peruana, sino también a toda la región.




