QUIEN DIGA QUE EL COVID NO EXISTE QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA
11 octubre, 2020POR: AGUSTÍN NAYA, JAVIER SLUKI, MARCELO RODRÍGUEZ
Con los ojos desencajados y una bandera de plástico con olor a naftalina un desocupado dolido por su actualidad, entrecruza palabras con la dueña de un automóvil importado perfumado de Christian Dior. Filas largas de autos ruidosos que simula multitudes en la 9 de julio. Tiempos de pandemia y catástrofe mundial. “Nadie me puede quitar la libertad de contagiar a quien yo quiera”, grita un treintañero con el barbijo en la pera.

¿Por qué un sector de la sociedad argentina pone en duda la veracidad del virus? ¿Cómo piensan las personas que llaman públicamente a romper el aislamiento? ¿Existen “los anticuarentena” como tales?
La pandemia del COVID 19 es un fenómeno único. La última vez que sucedió algo similar, unos cien años atrás, el mundo era un lugar bastante diferente. Por eso, entender el impacto del coronavirus implica el análisis de comportamientos sociales y psicológicos novedosos. De estos, el que quizás más visibilidad ha tenido es el fenómeno de los anticuarentena.
La psiquis de la nueva ultraderecha
Una de las vertientes a través de las cuales se puede entender la militancia anticuarentena en la Argentina, tiene lugar en el surgimiento de una nueva ultraderecha a nivel mundial.

En su último libro “Pandemónium. Notas sobre el desastre”, escrito durante el confinamiento, el psicoanalista y pensador contemporáneo Jorge Alemán delinea algunos elementos que diferencian a la nueva ultraderecha de la del pasado.
Al presentar su libro, Alemán afirmó que “la actual ultraderecha tiene elementos nuevos, que no son comparables con los históricos”. De estos, describe al menos tres. Primero: “La ultraderecha está desinhibida, ha tomado las calles, algo que siempre se convocaba desde la izquierda”.
Segundo: la nueva ultraderecha “ha roto su relación con la verdad, puede decir cualquier cosa todos los días sin que el principio de contradicción la afecte”, porque “para eso cuenta con un importante sector de la población que a partir de los años 80’ se fue despolitizando, que flota entre los discursos y no tiene ningún punto de amarre”.
Tercero: la nueva ultraderecha “no se inhibe ante ningún imperativo ético, más bien invita a desarrollar las Pulsiones Narcisistas de todo el mundo que en general se resumen en el odio”
El reverso de esto, dice Alemán, es una izquierda que, a diferencia de la del Mayo del 68’, pasó de tomar las calles a quedarse en casa. “La pandemia ha generado que las izquierdas deban mantener su relación con la ética. La ética implica siempre renuncia, restricción, control en nombre del bien común. La ética no se puede construir con las Pulsiones Narcisistas. En cambio la derecha ha roto su relación con la ética, promueve esas pulsiones”, desarrolla.
En la teoría del psicoanálisis de Freud, la pulsión se entiende como una fuerza que impulsa al sujeto a llevar a cabo una acción con el fin de satisfacer una tensión interna. Principalmente de tipo sexual.
La psicoanalista y profesora investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Gloria Perelló, estrecha colaboradora de Alemán, explica que estas pulsiones narcisistas son favorecidas- como ella denomina- por la vida de derecha, y agrega que se vinculan con un odio que no es entendido como contraparte del amor, sino que es un odio radical que expulsa al otro.

Perelló afirma que desde el campo popular, por ejemplo, muchas veces el odio al líder es considerado como el reverso del amor que el pueblo tiene por él o ella. En ese sentido, considera pertinente destacar un pasaje de Freud que toma al odio no sólo en relación al amor sino también a la indiferencia. Para Freud, “el amar no es susceptible de una sola oposición- amar u odiar- sino de tres”. El amar se opone a odiar, a ser amado y a la indiferencia.
Como asevera Perelló, el odio es presentado entonces como una repulsa inmunitaria que emerge desde la misma constitución del yo (narcisista) para oponerse a aquello (los estímulos) que se presenta como una amenaza proveniente del mundo exterior.
Por ello, sostiene que Freud afirma: “Los genuinos modelos de la relación de odio no provienen de la vida sexual, sino de la lucha del yo por conservarse y afirmarse”.
En este escenario, que Freud llama Narcisismo, “la satisfacción pulsional no requiere de un objeto externo. Es autoerótico y hacia afuera sólo hay indiferencia. Representa el amarse a sí mismo frente a la indiferencia hacia el mundo exterior. Pero si esa indiferencia es perturbada por el exterior lo que sigue es el odio. Por ello, para odiar antes habremos sido indiferentes. La indiferencia hacia lo social es el dominio de la vida de derechas, que en los tiempos que corren no es otra cosa más que el imperio de la subjetividad neoliberal”
Ahora bien, para que el fenómeno anticuarentena sea entendido de manera integral, no requiere ser visto solamente desde la psiquis individual, sino también desde los comportamientos sociales.
Lo difícil de modificar los hábitos
El sociólogo y docente de la Universidad de Lujan Mariano Indart, considera sensato tener en cuenta el postulado del sociólogo y filósofo francés Émile Durkheim, cuando habla de “hecho social total”. Al respecto, Indart sostiene que la pandemia es un acontecimiento que no toca una sola dimensión, sino todas a la vez. “Se generó un sacudón que es muy difícil de procesar para la sociedad que debió detener todo lo que se realizaba, y sin anunciarse previamente”.
También Indart citó a otro reconocido sociólogo: Pierre Bourdieu cuando afirma que “los individuos van construyendo un hábitus a lo largo de la vida, como una manera de responder a los estímulos”. Cuando estos hábitus ya formado, dice Indart, no encuentran las condiciones de la realidad para poder ser aplicados, “se tiende a volcarlo en otras cuestiones”. Además agrega que cuando existen prejuicios, estos no desaparecen por la pandemia, y al no estar el público al cual adjudicárselo, son colocados en estos lugares”.
Por esta razón, afirma Indart, la sociedad se dividió en varios grupos de personas. Los anticuarentena se destacan gracias a los medios de comunicación. Estos tienen “un mecanismo de negación de la gravedad de la situación que utilizan como protección para no reconocer el problema”.
Aunque en el caso argentino el denominado “anticuarentena”, dice el sociólogo, se relaciona también con un odio que “tiene elementos históricos propios”. No todos los anticuarentena son iguales:”No se puede hacer parecer a quien se quedó sin trabajo y ante situaciones inesperadas está buscando sobrevivir, con quienes queman barbijos. Estos últimos responden a otros principios”, describe.
¿Anticuarentena o negacionistas?

En una línea similar a la de Indart, Daniel Feierstein, también sociólogo y doctor en Ciencias Sociales por la UBA, cree que en este nuevo contexto de pandemia no resulta virtuoso pensar las cosas en clave pro versus anti cuarentena. “Creer que hay un anticuarentena que piensa de otra manera y que es una especie de monstruo no nos deja ver lo que pensamos los que sí implementamos medidas de cuidado o los que estamos en el medio e implementamos algunas sí y otras no”, explica.
En ese sentido, afirma que resulta más inteligente “ver en qué modo juegan nuestros procesos de negación” y, en función de ello, “internalizar medidas de cuidado”.
Feierstein describe tres tipos diferentes de negacionismo que, remarca, están presentes en toda la población. El primero y más extremo es el negacionismo literal, que directamente niega la realidad. El segundo es el negacionismo interpretativo, que reconoce la realidad pero le da otra explicación. El tercero es el negacionismo implicativo, que reconoce la realidad y sus implicancias pero extrae otras consecuencias de los hechos.
Por ejemplo, un negacionista que cree que el coronavirus no existe pertenece al tipo literal, mientras que uno que cree que lo inventaron los laboratorios se ubica en cambio más cerca del tipo interpretativo, lo que “implica al menos algún reconocimiento de la realidad”, dice el sociólogo.
Para Feierstein, este negacionismo es precisamente el elemento novedoso que tuvieron las movilizaciones que se produjeron en los últimos meses contra el gobierno de Alberto Fernández y contra las medidas de aislamiento. El negacionismo, añade, vino así a sumarse a otros dos rasgos que ya estaban presentes desde antes en estas protestas: la grieta política, que surgió con el conflicto del campo en 2008, y el neofascismo, que comenzó a surgir en 2017 con el caso de Santiago Maldonado y se caracteriza por la toma de las calles con reclamos reaccionarios y de exclusión.
¿Qué mecanismos hicieron que se desarrollara este nuevo negacionismo? Feierstein apunta dos. Primero, el rol cada vez más grande que ocupa el relativismo tanto epistemológico como moral, que hace que “la verdad pierda su estatus”. Segundo, el papel de las redes sociales, sobre todo debido al algoritmo que genera el “efecto burbuja” y termina por ratificar lo que el usuario piensa, incluso los “delirios más exagerados”.
“Una Vez caído del Muro de Berlín y producida una transformación global en nuestra región, el problema es creer que la libertad de hacer lo que se me canta, está por encima de cualquier otra cosa, inclusive por encima de la cooperación producto de una crisis pandémica”.




