PARAGUAY HIZO HISTORIA: ELIMINÓ A ALEMANIA Y FIRMÓ EL PRIMER GRAN BATACAZO DEL MUNDIAL
30 junio, 2026Con Orlando Gill como héroe en los penales, la Albirroja derrotó a la tetracampeona del mundo tras igualar 1-1 en 120 minutos y avanzar por 4-3 desde los doce pasos. El equipo de Gustavo Alfaro ratificó un proyecto basado en la identidad, el sacrificio y la convicción para escribir una de las páginas más importantes de su historia mundialista.
Hay partidos que quedan en las estadísticas y otros que trascienden el resultado para convertirse en parte de la memoria colectiva de un país (o continente). Lo que pasó en Boston fue mucho más que una clasificación a los octavos de final del Mundial 2026. Paraguay eliminó a Alemania, una de las candidatas al título y cuatro veces campeona del mundo, después de igualar 1-1 durante 120 minutos y vencerla 4-3 en la definición por penales. Pero reducirlo a una simple sorpresa deportiva sería no comprender todo lo que hubo detrás de esa noche inolvidable.
La clasificación de la Albirroja fue parte de un proceso que comenzó mucho antes del debut mundialista. Fue la reivindicación de un entrenador cuestionado por su estilo, la confirmación de un grupo de futbolistas que recuperó el orgullo de representar a su país y la demostración de que, incluso en un fútbol cada vez más dominado por la posesión, la presión alta y el juego de posición, todavía hay lugar para equipos que hacen del orden, la solidaridad y el sacrificio una bandera.
Cuando el árbitro dio por terminada la tanda de penales, Orlando Gill levantó los brazos mientras los hinchas paraguayos festejaban en las tribunas. Cerca suyo, los jugadores alemanes quedaron en silencio, sin reacción. Alemania, una de las favoritas del torneo, había quedado eliminada ante un rival que muchos no veían como candidato. La escena resumía una noche en la que Paraguay dio el golpe.
Para entender la importancia del triunfo, hay que retroceder unos días. La clasificación paraguaya a los dieciseisavos de final había generado críticas. Tras una fase de grupos exigente, José Luis Chilavert, uno de los grandes referentes del fútbol paraguayo, cuestionó el rendimiento del equipo y señaló directamente a Gustavo Alfaro. También puso en duda el nivel de Orlando Gill, que se había ganado el puesto de arquero titular.
Las declaraciones generaron un fuerte impacto en Paraguay. No era una crítica cualquiera. Provenía del hombre que durante años simbolizó el carácter competitivo de la Albirroja y que todavía representa una voz de enorme peso dentro del fútbol guaraní. Muchos esperaban una respuesta dura por parte de Alfaro. Sin embargo, el entrenador eligió otro camino.
En la conferencia de prensa previa al choque con Alemania lamentó que Chilavert no se hubiera comunicado personalmente con él y aseguró que le habría gustado mantener una conversación privada antes de que las diferencias trascendieran a los medios. Incluso, recordó una anécdota que sorprendió a todos: años atrás, el propio Chilavert le había manifestado su deseo de verlo algún día dirigiendo a la selección paraguaya. Lejos de profundizar la polémica, Alfaro prefirió destacar el gesto de otro referente histórico como Roque Santa Cruz, quien había visitado la concentración para compartir una charla con los futbolistas y transmitirles tranquilidad antes del compromiso más importante del ciclo.
Con ese contexto detrás, Paraguay saltó al campo de juego sabiendo que enfrente tendría a una potencia acostumbrada a este tipo de escenarios. Alemania llegaba como una de las selecciones más sólidas del torneo, con un plantel repleto de figuras y la conducción de Julian Nagelsmann. Los antecedentes parecían favorecer ampliamente a los germanos, pero Alfaro nunca preparó el partido pensando en resistir por resistir. Su idea fue competir desde la identidad, aceptar que el rival tendría mayor posesión de la pelota y convertir esa realidad en una fortaleza antes que en una debilidad.
En los primeros minutos, el desarrollo fue el esperado. Alemania tuvo la pelota, se instaló en campo rival y empezó a moverla de un lado a otro buscando espacios. Paraguay, en cambio, se replegó, mantuvo el orden y cerró los caminos por dentro, obligando al rival a jugar lejos del área de Gill. La posesión fue claramente alemana, pero el partido no se volvió cómodo para ellos.
El equipo de Alfaro defendió con orden. Cada retroceso fue coordinado y la mayoría de las jugadas encontraron respuesta. Cuando recuperaba la pelota, Paraguay intentaba salir rápido para sorprender.
En defensa, Gustavo Gómez fue el líder y ordenó la última línea. Alderete y Canale se mostraron firmes en el juego aéreo. En el medio, Andrés Cubas se encargó de cortar y correr en la recuperación, mientras que Matías Galarza fue uno de los que más trabajó durante todo el partido, con despliegue constante y ayuda tanto en defensa como en la salida.
Paraguay esperaba el momento indicado. No necesitaba dominar el partido para sentirse competitivo. Solo debía encontrar una oportunidad… y esa oportunidad apareció a los 42 minutos del primer tiempo.
Galarza desbordó por la izquierda y metió un centro preciso al área. Enciso llegó antes que los defensores alemanes y conectó de cabeza para marcar el 1-0 ante Marc-André ter Stegen. El gol fue celebrado como un desahogo: no solo por la ventaja, sino por lo que significaba en el contexto del partido.
Alemania reaccionó rápido. En el inicio del segundo tiempo, Wirtz apareció por derecha e hizo un centro que Havertz convirtió en el empate con otro cabezazo. El partido volvía a empezar, con más de media hora por jugar.
Desde ahí, Paraguay volvió a ordenarse. No se desarmó ni se metió atrás sin sentido, sino que sostuvo su estructura y trató de aguantar en bloque. Alemania tuvo más la pelota y empujó con sus individualidades, mientras Paraguay respondió con orden y trabajo colectivo.
Gill empezó a destacarse con algunas atajadas importantes. Gustavo Gómez ganó casi todos los duelos por arriba y Galarza siguió corriendo durante todo el partido. También se sumó Miguel Almirón, que volvía tras una fecha de suspensión y fue clave para ayudar en la marca y para dar salida cuando Paraguay recuperaba la pelota.
Almirón, que viene con un Mundial particular, con episodios llamativos en partidos anteriores, pero ante Alemania volvió a enfocarse en el juego y cumplió un rol importante en el esfuerzo colectivo del equipo.
Con el correr de los minutos, Alemania fue aumentando la presión. Tuvo más del 70% de la posesión y generó varias llegadas, pero no logró romper la defensa paraguaya. El equipo de Alfaro se mantuvo ordenado, concentrado y resistiendo cada ataque.
El partido terminó empatado en los 90 minutos, se fue al alargue y llegó una de las jugadas más discutidas de la noche.
A pocos minutos del final del segundo tiempo suplementario, Jonathan Tah convirtió lo que parecía ser el gol de la clasificación alemana. Mientras los jugadores europeos comenzaban a festejar, el VAR llamó al árbitro para revisar una posible infracción ocurrida durante la acción. Tras observar las imágenes, el juez anuló el tanto al considerar que Waldemar Anton había cometido una falta sobre Orlando Gill al bloquear su movimiento dentro del área. La decisión se apoyó en la nueva interpretación reglamentaria que sanciona los bloqueos deliberados sobre los arqueros en jugadas de pelota parada, una modificación que comenzó a aplicarse con mayor rigor en este Mundial.
El alivio paraguayo fue inmenso.
La clasificación todavía seguía al alcance de la mano.
Y el destino quiso que todo se definiera desde el punto penal, el escenario donde los héroes suelen quedar para siempre en la memoria de los pueblos.
El estadio ya no respiraba fútbol, respiraba tensión. Cada paso hacia el punto penal parecía más pesado que el anterior, como si los 120 minutos acumulados hubieran dejado una huella imposible de borrar en las piernas y en la cabeza de los futbolistas. Alemania llegaba con la obligación histórica de confirmar su jerarquía en un terreno donde siempre había sido confiable. Paraguay, en cambio, se sostenía en algo menos tangible pero igual de poderoso: la convicción de un equipo que había decidido resistir hasta el final.
La tanda de penales no tardó en convertirse en una secuencia de nervios, silencios y decisiones que definían destinos. Y allí, en ese escenario donde la presión suele desarmar a los equipos más grandes, apareció la figura que terminó de darle sentido a toda la historia: Orlando Gill.
El arquero paraguayo, que actualmente defiende el arco de San Lorenzo, ya había construido una actuación sólida durante el partido, pero lo que vino después lo transformó en protagonista absoluto. No solo contuvo dos remates determinantes en la serie, sino que también transmitió una seguridad que fue contagiando a sus compañeros en cada ejecución. Alemania, acostumbrada a este tipo de definiciones, comenzó a mostrar una fragilidad inesperada.
Del otro lado, Paraguay no dudó. Uno a uno, sus ejecutores fueron sosteniendo la ilusión con una calma que contrastaba con el contexto. Matías Galarza, que había sido uno de los pulmones del equipo durante los 120 minutos, convirtió su penal con una frialdad que reflejó exactamente el tipo de partido que había jugado. No hubo gestos exagerados ni celebraciones desmedidas, solo la continuidad de una tarea colectiva que se negaba a romperse.
El desenlace quedó reservado para José Canale. El defensor, que milita en Lanús, asumió la responsabilidad del último disparo con una serenidad llamativa para el momento que se vivía. Su remate cruzado desató la explosión paraguaya y selló una clasificación que ya no pertenecía solo a un partido, sino a una generación que acababa de encontrar su noche más importante.
Mientras los jugadores paraguayos corrían hacia Gill, abrazándose en una montaña humana que borraba cualquier cansancio acumulado, el contraste en la cancha era notorio. Alemania, golpeada, intentaba procesar una eliminación que no estaba en sus planes. La selección tetracampeona del mundo quedaba afuera de la Copa en una de las sorpresas más fuertes de los últimos años.
El fútbol, como tantas veces, terminó siendo el juez final.
El arquero cuestionado se convirtió en héroe.
El planteo criticado terminó sosteniendo a una potencia mundial durante 120 minutos.
Y el entrenador señalado por su estilo defensivo terminó eliminando a Alemania con esa misma idea que había sido discutida.
El recorrido de Gustavo Alfaro al frente de Paraguay le da contexto a esta victoria. Desde su llegada en 2024, el entrenador argentino reconstruyó un equipo que venía de años de frustraciones y de una larga ausencia en los Mundiales. Su propuesta nunca buscó seducir desde la estética, sino desde la solidez. Orden, compromiso y disciplina táctica fueron los pilares de una selección que volvió a competir de igual a igual frente a los gigantes del continente.
Durante las Eliminatorias, Paraguay había dado señales claras de esa transformación con triunfos resonantes ante selecciones de peso y una regularidad que le permitió recuperar el protagonismo perdido. Este Mundial no hizo más que confirmar esa evolución.
Y en medio de ese proceso emergieron nombres propios que explican el presente. Matías Galarza, con su despliegue incansable durante los 120 minutos, fue uno de los motores del equipo. Miguel Almirón, que llegó condicionado por episodios reglamentarios inusuales en este torneo, aportó sacrificio y experiencia en los momentos de mayor exigencia. Julio Enciso volvió a aparecer en el momento justo para darle sentido ofensivo a un equipo que no necesitó dominar para ser efectivo. Y Gustavo Gómez, desde la defensa, representó el liderazgo silencioso de una estructura que funcionó como un bloque compacto.
La historia también tuvo un costado vinculado al fútbol argentino. Gill, figura indiscutida de la noche, defiende el arco de San Lorenzo; Canale, autor del penal decisivo, juega en Lanús; y varios de los integrantes del plantel han pasado o tienen presente en el fútbol argentino, un detalle que refuerza la conexión histórica entre ambas competencias, aunque sin desviar el foco del logro principal: la consolidación de una selección paraguaya competitiva y con identidad propia.
Del otro lado quedó una Alemania desconcertada, que no logró transformar su dominio territorial en situaciones claras durante los 120 minutos y que volvió a tropezar en una instancia decisiva de un Mundial. La eliminación abre interrogantes en un proceso que buscaba consolidarse como candidato al título y que termina abruptamente ante un rival que ejecutó su plan con una eficacia absoluta.
Cuando todo terminó, la cancha dejó una imagen difícil de olvidar. Paraguay festejando como si hubiera ganado algo más que un partido, Alemania procesando la derrota en silencio y Orlando Gill rodeado por sus compañeros, convirtiéndose en el símbolo inesperado de una noche que quedará grabada en la historia del fútbol paraguayo.
Y, en ese contraste, quedó flotando una idea que suele repetirse en Europa cada vez que llega un Mundial: que la Copa del Mundo es “una Eurocopa con Brasil y Argentina”. Una frase que intenta simplificar el mapa del fútbol global, pero que noches como esta se encargan de desmentir.




