Pandemia y venta callejera

Pandemia y venta callejera

17 abril, 2020 0 Por Marcelo Rodríguez

En casi todos los semáforos de las calles transitadas con mano única de CABA y Gran Buenos Aires, alguien se gana la vida con la venta de productos económicos u oferta de  servicios rápidos como limpiar vidrios de autos o hacer malabares en 15 segundos.

Son los invisibles, son el subsuelo del subsuelo de la patria. Subsisten abrazados a la vulnerabilidad.

No hay monotributo ni cobertura social. Hay quienes ocupan tiempo escolar en la subsistencia. Sufren los peores avatares de un sistema que día tras día los expulsa y los ubica cada vez más cerca del abismo.

En situaciones convencionales los corre la policía. En estos momentos además, los expulsa la pandemia. Hoy es ilegal circular y es legal que el Estado multe y secuestre vehículos. Algunos automóviles sí están habilitados. Sus propietarios probablemente trabajen en servicios esenciales, se verán obligados a parar en algún semáforo pero difícilmente bajen sus ventanillas para tomar contacto con quien es una posible amenaza de contagio.

¿Es lo mismo un artista callejero que quien aprende un circuito de malabares para sobrevivir? ¿Es lo mismo un vendedor de electrónica importada en un vagón de tren que el  pibe de la esquina que vende pañuelitos descartables? ¿Es lo mismo el cuidacoches que impone una tarifa con aspecto amenazante en zonas aledañas a canchas de futbol, que quien limpia el vidrio a contraprestación de monedas?

El Sindicato de Vendedores Ambulantes de la República Argentina (SIVARA) nuclea más de 11 mil afiliados y cuenta con obra social propia. Entre sus principales funciones gestiona respaldo y asesoramiento legal ante posibles inconvenientes que los trabajadores tangan para desarrollar sus actividades en la vía pública.

Los denominados trapitos o cuidacoches operan en lugares cercanos a los estadios. Además de las jornadas de partidos también actúan en recitales o cualquier tipo de actividad que aglutine gran cantidad de personas. En su mayoría obedecen a jefes de las barras bravas de diversos clubes. Son parte de un negocio que tiene la modalidad de recaudar para la corona.

El arte es una actividad a la que no todos los sectores pueden acceder. Puntualmente “El Circo” en las últimas dos décadas provocó un giro de pertenencia hacia sectores medios de la sociedad. Encontró un lugar de privilegio. Hoy es posible estudiar en la Universidad Pública la Licenciatura en Artes Circenses. Se reúnen en plazas para ensayar obras que ellos mismos escriben y luego presentaran en ferias de artesanos o lugares turísticos.

En cambio, los casi caídos del mapa buscan imitar a quienes están dentro de él. No dejan de agudizar su ingenio para arrastrar sus esfuerzos y quedar adentro. No quieren terminar de caer. Parecen perpetuarse como las eternas víctimas de los sistemas y de las recurrentes crisis provocadas. Agobiados por el hambre ruegan visibilizarse. En tiempos de pandemia se hace más imprescindible que nunca el rol Estado. Debe cargase al hombro su indelegable responsabilidad de contener y hacer respetar el Derecho a vivir con dignidad.

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