LOS SOLDADOS DE LA PANDEMIA: RELATO DE UNA MÉDICA

LOS SOLDADOS DE LA PANDEMIA: RELATO DE UNA MÉDICA

7 mayo, 2020 0 Por Sitio digital Columna de Opinión

En medio de la pandemia, el personal de salud intenta contener a los infectados. No es una guerra, pero hay enemigo. No son soldados, pero combaten en primera línea. Presión, miedos y esperanza: La rutina de una médica en plena batalla.

Por Leandro Altare (@AltareLeandro)

Tengo sed, pero no puedo tomar nada. Tampoco puedo comer, ir al baño o dar una buena bocanada de aire fresco. Estoy incómoda, encerrada, claustrofóbica. Los guantes, los dos barbijos (de seguridad primero y quirúrgico después), la escafandra y el guardapolvo de manga larga diluyen la posibilidad de contagiarme, pero también las de hacer pis, tomar agua o respirar tranquila.

Me llamo Anabella Pecheny, soy médica de planta MN 140450, especialista en medicina general en el CESAC N°9 de La Boca y mientras la incertidumbre, el miedo y la presión me invaden la rutina, nos seguimos preparando para lo peor.

La fauna y las fuerzas de seguridad coparon la autopista Buenos Aires-La Plata. Perros, carpinchos, oficiales y pájaros raros son mis compañeros de viaje en estos días. Me gustaba escuchar música, cantar, poner la radio, pero ya no. La cabeza me aturde, no puedo sumarle ruido. Empecé a gritar “¡soy médica!” para saltearme la fila del control policial. Cada vez que un gendarme o policía me toca la matrícula la vuelvo a lavar con alcohol. No me tengo que tocar la cara, no me tengo que tocar el pelo, no me puedo olvidar de eso.

En el CESAC, al que los vecinos del barrio le dicen “la salita”, hay también enfermeros, psicólogos, trabajadores sociales, fonoaudiólogos, kinesiólogos, sociólogos y pediatras. Es un equipo muy completo, eso ayuda mucho. Al mediodía hacemos reunión general, es un momento para juntarnos, organizar las actividades que vamos a hacer por la tarde, charlar sobre cómo fue la mañana. Nos animamos entre nosotros y nos abrazamos con la mirada. 

Uno de los momentos más complicados es, sin duda, el Triage. Esa palabra en francés significa que es la hora de evaluar a los pacientes y, en base a los recursos que tenemos, definir qué solución le podemos dar a cada uno. Es un protocolo. Como quien abre una heladera abandonada y tiene que clasificar qué se puede comer y qué no, nosotros tenemos que evaluar a qué pacientes podemos atender acá, y a cuáles vamos a derivar o mandar a casa con recomendaciones. 

Por suerte, y gracias a las políticas públicas que se están implementando en Argentina, no es como en Italia que al colapsar el sistema de salud tuvieron que empezar a decidir quién iba a recibir un respirador y quién no. Acá, todavía, eso no está sucediendo. El tema es que tampoco tenemos suficientes insumos para responder si un día vienen… tres pacientes febriles con síntomas respiratorios. Estamos todo el tiempo tomando decisiones en función de lo que tenemos. Los insumos llegan, pero lento, y ahí se produce mucha angustia y ansiedad entre colegas porque sienten que no están bien protegidos. 

Nos paramos en la puerta y atendemos a la gente que va llegando. Es fundamental tomar todas las medidas de precaución posibles, porque es la primera línea de atención al público y corremos riesgo de contagiarnos. Y si eso pasa, el centro de salud cierra. Así que tuvimos que poner una cinta amarilla de “peligro” a metro y medio de distancia. Usamos barbijo, mascarilla de plástico o directamente antiparras, guantes y alcohol, todo el tiempo. Es muy difícil atender así: entre la distancia y la protección, el vínculo que tenés con la comunidad es… me hace mal. Yo estoy acostumbrada a abrazar a mis pacientes, a estar muy cerca de la gente. Siento que estoy descuidando cosas importantes, porque pudiendo hablar en privado podés detectar casos de violencia o darte cuenta cómo acompañar determinada situación. Acá te limitás a los síntomas. Es como que todo se suspende por un tiempo, y no está bueno. 

Ayer, por ejemplo, vino una señora con diabetes, tenía los valores de glucemia altísimos, pero como no tenemos un espacio para resolver esas cuestiones, terminé ahí, explicándole a un metro medio de distancia cómo cambiar la dosis de insulina. Es una tensión muy desorganizada, en la que vos querés trabajar sobre la emergencia, porque es una situación completamente atípica que nunca se vio, y terminás descuidando un poco lo otro. 

A veces tenemos la sensación de estar haciendo algo mal, de haber dejado a alguien sin controles. Es todo una olla a vapor a punto de estallar. Eso se siente. Nos apoyamos constantemente entre compañeres, pero tenemos mucha presión. Alguno dirá: “Bueno, pero vos te formaste para esto, estudiaste esta carrera. Estás preparada. Sos joven. No está habiendo tantos casos ¿qué es lo te estresa?”

El contexto me estresa. Lo potencial. Estamos esperando que estalle todo, que ojalá que no, pero por como evoluciona la infección, nos da la sensación que va a suceder. Tengo la adrenalina de sentir que estoy haciendo algo que ayuda, pero es igual. No me puedo abstraer del mundo que vivo. Estoy como con un shock de adrenalina, sin poder bajar. Como que mi cuerpo se limita a mantener las funciones vitales para responder a las necesidades y nada más. Capaz estoy exagerando. Quizás sólo estoy preocupada por demás, o demasiado conectada con el trabajo, pero no hay muchas formas de salir de eso. No puedo pensar en las cositas chiquitas. No puedo desconectar. Mirar una peli, reírme con mi novio, nada. Lo hablo con mis compañeres y les pasa parecido. Tenemos sueños apocalípticos y nos despertamos con ansiedad. 

Soy joven, no tengo hijos, no soy población de riesgo, no tengo miedo por mí. Me preocupan mis familiares. A mi viejo no lo veo hace bastante. Estoy yendo cada 15 días a llevarle comida, y me quedo del lado de afuera. Ayer almorcé un plato de fideos en el auto mientras mi mamá me miraba por la ventana. Quise llorar, pero no podía hacerle eso.

Antes de irme, me cambio la ropa y la guardo en el locker. Voy limpiando cada cosita con alcohol mientras las voy metiendo en el bolso. Me meto en el auto. Limpio todo con alcohol. ¿Estaré contaminando algo? ¿Me lavé bien? Me vuelvo a lavar. Le paso alcohol a la matrícula que me acaba de revisar la policía. No me tengo que tocar la cara. No me tengo que tocar el pelo. No me puedo olvidar de eso. Vuelvo con la cabeza estallada. Sólo quiero comer y dormir, pero llego con el estómago cerrado, y los sueños lejos de una cama.

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