PRIMER CUARTO DEL SIGLO XXI-DOCTRINA DEL HOY

PRIMER CUARTO DEL SIGLO XXI-DOCTRINA DEL HOY

25 agosto, 2026 Desactivado Por Marcelo Rodríguez

LAS CALLES SON NUESTRAS, AUNQUE LAS REDES DIGAN LO CONTRARIO

Las crisis de los partidos políticos tradicionales en Argentina y gran parte del mundo muestran que en los puntos de quiebre, a pesar de la extraordinaria campaña de demonización para con las izquierdas, una parte importante de la ciudadanía sigue movilizándose – pero de manera suelta o en pequeños grupos inorgánicos.
Quizás sean tiempos de transición hacia nuevos modos de representación. Las causas por las que todavía se manifiestan grandes multitudes como lo son la defensa de las Universidades Públicas y el Garrahan, o la resistencia ante la ley que buscaba entregar las tierras a los millonarios del mundo; servirán: siempre y cuando el individuo se configure como parte de un todo. De lo contrario será un sujeto de moda superficial inventado por los mismos sectores de poder que vienen socavando la política como herramienta de transformación, desde hace al menos dos décadas.
La potencia de una conformación colectiva quedará desintegrada si no existiese un contexto, una institución y una conducción clara. Deberá ser detrás de un programa, una plataforma, o al menos un grupo de ideas. Todo aquello que antes estaba contenido en los partidos políticos y que en este presente está diluido.
Hay un ejemplo en la historia reciente de América Latina que evidencia la necesidad imperiosa de capitalizar políticamente las movilizaciones populares. Se trata de las protestas llevadas adelante por los estudiantes secundarios chilenos en 2019. En aquel octubre se organizaron manifestaciones masivas y contundentes. Miles y miles saltaron molinetes del metro en contra del aumento desproporcionado de las tarifas del transporte. Aquello terminó en un estallido social que hizo tambalear al gobierno de Derecha del ya fallecido Sebastián Piñera. Aquel fue un hecho político de magnitudes. En principio tuvo características espontáneas, pero cambió por completo el mapa electoral en Chile y derivó en un proceso constituyente que alumbró la llegada de la “Izquierda” al gobierno, con la presidencia de Gabriel Boric. El proceso fue demasiado corto. Duró solamente cuatro años, y en términos concretos no logró provocar cambios estructurales. En este momento Chile tiene un presidente derechista-conservador como lo es José Antonio Kast.
Con el solo movimiento en las calles chilenas parece no haber alcanzado. La escasez de músculo político profundizó la falta de sustento respaldatorio propio. No hubo un núcleo duro comprometido detrás de una doctrina. Todo desvaneció. Quienes lucharon poniendo sus cuerpos y sus ojos ante las balas de los carabineros para construir un proceso revolucionario, se frustraron. Perdieron.
Regresando a la Argentina del presente, no caben dudas que el triunfo popular respecto a la ley de extranjerización de las tierras fue una victoria individual y colectiva que empezó en las redes sociales y se concretó en las calles. Casi transversal. Al menos de los sectores sociales que piensan en forma democrática. Los artistas y otras personalidades populares hicieron lo suyo.
Lo propio hizo la militancia orgánica, y determinados dirigentes sociales, políticos y sindicales. El bloque de legisladores de la oposición hizo política y claramente estuvo a la altura de los acontecimientos.
A pesar del triunfo, es real que muchos de quienes se manifestaron conforman un sujeto social que sigue sosteniendo que sus problemas nacen con la política, y no con el Modelo que ponen en práctica los gobiernos de Derecha.
Las eventuales y esporádicas victorias populares que vienen sucediendo en nuestro país en formato de resistencia a la avalancha depredadora del gobierno, deben ser puestas en situación. Se nos ocurre pensarlo como si fuesen bombas de estruendos con luces de colores que dan una realidad efectista indiscutible. Claramente positiva y esperanzadora. Todo el mundo queda maravillado mirando hacia arriba sintiéndose conmovido por los artificios (ley de tierras), pero una vez disipados los últimos atisbos de humo todo presume volver a la normalidad.
Pensar hacia adelante en términos de una nueva construcción se presenta como “el desafío”.
La consolidación de poder popular que se llevó adelante en Argentina post 19 y 20 de diciembre de 2001 con 39 muertos en las calles a manos de las fuerzas federales de seguridad tuvo, que ver con los reclamos de entonces. La desocupación y el hambre requerían urgencias y cambio de Modelo. Hoy el gobierno de Milei profundiza la década del 90. La comprime en poco tiempo. En aquel entonces, durante los dos años de transición del gobierno del senador Duhalde, se produjo una modificación en el plan económico, pero sin variantes en las prácticas políticas que derivaron en los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
La consolidación del cambio de Modelo social, político y económico que dejó atrás la etapa neoliberal de la convertibilidad se concretó con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia. Hoy Cristina Fernández de Kirchner está presa y proscripta por lo bueno de su gobierno, y no por lo malo.
Resolver los dramas que dejará Milei requerirá velocidad y eficacia. Será necesario hacerlo rápido y bien. Nutrido de consistencia y solidez. Con seguridad y convencimiento. Sin enemigos difusos. Con aliados leales, o al menos subordinados al liderazgo. A la nueva conducción.
A esta altura de los acontecimientos no parece haber lugar para los idealismos teóricos. Son tiempos de posicionamientos nítidos. Las izquierdas testimoniales deberán reclamar un espacio de acción dentro de un proyecto nacional. De lo contrario serán tan cómplices del hambre y la desesperanza del pueblo como lo son los traidores que llegaron en nombre del peronismo y decidieron acompañar a Milei en la entrega de la soberanía nacional.
Se deberá estar atentos a un eventual candidato inventado otra vez por las corporaciones. Un nuevo falso outsider.
Quedar por afuera una vez más, de un armado detrás de una doctrina de cuarto del siglo XXI, con bases nacionales e históricas será hacerle el juego a lo peor de lo peor. Testimonios sobran en esta era. Los tiempos piden cuerpo presente.
La unidad por sí sola no sirve para nada. Una cosa es la unidad política detrás de una doctrina como bandera y otra muy distinta es acumular dirigentes para ganar una elección. Ya pasó y así estamos.
Se hace necesario que Milei llegue a fin de mandato. Con sus convicciones intactas, aunque cascoteado por la realidad de la economía de a pié. Con una baja sustancial en las encuestas. Algo más que agonizante pero no lo suficiente para que el núcleo de poder que lo puso en la presidencia logre bajarlo de la carrera a la reelección. La clase dominante quiere un mileismo sin Milei, y Milei está convencido que sin él no hay ultraderecha en la Argentina.
La creación de un nuevo representante de establishment será tarea de la AEA (Asociación Empresaria Argentina) y de otras cámaras de representación. Mineras, agroindustriales.
En este hipotético escenario, con un Milei atrincherado hace pensar en una Derecha dividida. Se desintegraría la posibilidad de un segundo mandato neoliberal consecutivo. Lo suyo harán las elecciones presidenciales en Brasil y las de medio término de EE.UU, con un Trump sin posibilidad de reelección.
Eso sí. Los de celeste y blanco son los nuestros. Los de violeta y amarillo… son los contrarios.

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